Las cachúas: seña de identidad de Cabral - Campesino Digital

Notas:

martes, 15 de marzo de 2016

Las cachúas: seña de identidad de Cabral


Carnaval atípico, el de las cachúas de Cabral, en Barahona, reúne a su alrededor elogios por su originalidad y críticas por su violencia. Hundiendo sus raíces en los ritos de los negros cimarrones del maniel de Los Naranjos, durante los tres días posteriores al Viernes Santo, los foetes de las cachúas mezclan el miedo al golpe con el vistoso colorido de la indumentaria.

De orígenes y evoluciones sabe bien Temístocles Féliz Suárez, jefe de las cachúas cabraleñas, con las que ha salido a las calles durante los últimos cuarenta y cinco años, prolongando una tradición familiar que comenzó con su bisabuelo materno, Ramón Suárez Rodríguez, llegado de Puerto Rico en el año 1910, quién sabe por cuáles recónditos motivos, a un municipio que para entonces debía ser casi inaccesible. A él se debe, dice el bisnieto, que el mameluco vestido desde hace más de un siglo por las cachúas, tenga alas que, al desplegarse, asemejan un murciélago.

Las cachúas: seña de identidad de Cabral

Rodeado de caretas elaboradas en un taller contiguo a su casa, donde también niños y adolescentes tejen los foetes de cabuya que serpentearán en el aire produciendo un sonido semejante a un disparo, Féliz Suárez, médico de profesión, conversa con Diario Libre sobre los orígenes de este carnaval “cimarrón”, seña de identidad cultural de Cabral.

“Las cachúas no son un carnaval, sino una manifestación carnavalesca. Viene de los negros cimarrones que habitaron en el maniel de Los Naranjos, un poblado a tres kilómetros de Cabral hacia el suroeste. Ese fue el poblado que utilizaron los cimarrones hasta el año 1791 para realizar rituales en el período de la Semana Santa, que era cuando los amos les permitían expresarse”, apunta.

La fiesta tendrá un período de oscuridad que se extiende durante un siglo. Reaparece alrededor de 1890, y desde entonces a la fecha no ha hecho más que afirmarse en la cultura cabraleña. A diferencia de los carnavales tradicionales, celebrados antes del inicio de la Cuaresma cristiana, el de las cachúas se inicia el Sábado Santo y, desde 1956, se extiende hasta el Lunes de Resurrección.

“Hasta los años treinta del pasado siglo nuestra tradición estuvo muy ligada a la Iglesia”, explica Féliz Suárez. “No se podía salir el Sábado Santo sino era a las diez de la mañana después de la resurrección de Jesucristo. Todas las cachúas salían a esa hora con un toque de campana de la iglesia”.


Treinta y cinco años atrás, la fiesta estaba vedada a niños y mujeres. Según explica Féliz Suárez a Diario Libre, el miedo de las madres a que sus hijas adolescentes fueran golpeadas cuando iban por agua a la fuente, a lavar la ropa o a comprar alimentos, produjo que los menores, antes temerosos del foete, comenzaran a ser disfrazados por sus padres y enviados a la calle.

La incorporación de las mujeres fue una demanda de la supervivencia. Perseguidos los juegos de azar por la Policía, especialmente las rifas de “aguante”, las mujeres de este negocio optaron por el disfraz para encubrirse. Con los años, la participación femenina adquirió derecho propio con una consecuencia inesperada para los hombres: doblada la punta del foete en dos, las mujeres cachúas pegan con una fuerza insupereable.

Quizá el momento de mayor magia de la celebración sea su culminación: cientos de cachúas, subidas sobre las tumbas del cementerio municipal, agitan sus foetes al unísono produciendo un extraordinario espectáculo en homenaje a las cachúas fallecidas, tradición que comenzó tras la muerte en 1951 de Manuel Heredia, jefe de grupo. Mientras esto sucede, el humo de un ardiente Judas de paja sube hasta el cielo del atardecer.

La fuerza de la tradición se impone, sin embargo, a la tentación de la mejora estética. Nada que ver con la fascinante vistosidad de, por ejemplo, el disfraz y las caretas del carnaval de La Vega. El mameluco de las cachúas es simple, casi pobre, se diría. Las caretas también.


“A nuestras caretas se las reconoce en su originalidad porque no se pintan, sino que se forran y diseñan con papel vejiga o chichigua de todos los colores que queramos. Además, llevan melena. Tienen tres elementos que las identifican: originalidad, colorido y música. Cuando cientos de cachúas se desplazan, el viento agita las cintas de la melena y se produce música”, dice Féliz Suárez mientras agita con sus manos una careta encintada que reposa sobre una mesa.

Las cachúas: seña de identidad de Cabral

Conservar intacta la técnica de elaboración de la careta es casi cuestión de honor. Y son estrictos en hacer respetar la norma a los jóvenes careteros, que pudieran verse tentados por la facilidad de la pintura.

Féliz Suárez lo explica de este modo: “Cuando usted pinta una careta, esa careta pierde la esencia de nuestra cultura. Además, tienen que reproducir hociquitos de puercos, caritas de cotorras... es decir, figuras de animales de la zona. Lo mismo que nuestro disfraz, que es un mameluco bien sencillo. Cuando la cachúa va corriendo, las alas del disfraz simulan un murciélago. La cruz en la espalda tiene gran importancia para nosotros: es el símbolo de la crucifixión de Cristo, pero también para nuestros ancestros significaba cubrirse contra lo malo, contra lo diabólico”.

El foete, tan temido por los curiosos sin disfraz al momento del punteo, ese ataque que ha ganado para las cachúas la fama de violentas, tiene su simbología: ya no está en manos del amo, sino en las del esclavo, en las manos de un cimarrón libre.

“Pero el foete es también un instrumento musical. El que sabe manejarlo con destreza produce sonidos diversos, y eso produce música. No armonía, pero música. Es asimismo un arma de defensa. Toda cachúa que tiene un foete en la mano se siente protegido”, concluye Féliz Suárez.


 Fuente diariolibre.com.do