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sábado, 1 de octubre de 2016

La policia Trujillista mató a tiros al General Juan Tomás Díaz


Tony Raful
¡Como me lo contó Pepín Corripio!

Por las calle angostas de la ciudad pequeña, dos hombres en un vehículo público transitaban en medio del terror. Apenas días, horas antes, el plomo justiciero de los héroes había liquidado al tirano, la figura más temible y todopoderosa del poder político, cuya voluntad omnímoda oprimía a todo un pueblo. El ajusticiamiento constituyó una hazaña, Trujillo no era un hombre común, era una fuerza desmedida y absoluta, un ejercicio de arbitrariedad y despotismo. Su idea del poder estaba sustanciada por una mentalidad bárbara, que hizo de la violencia un ordenador económico y social de una sociedad a su medida, concebida como un proyecto particular, deificado por la sumisión y el acatamiento de sus veleidades.

Todos los argumentos para explicar la aparición del fenómeno Trujillo, expresan la necesidad histórica de la mano fuerte, de la imposición de atributos y valores centralizados, desconociendo los derechos y la participación democrática de la ciudadanía. En sus discursos insistía que la paz y el orden había que imponerlos. No creía ni entendía la pluralidad democrática ni la disensión. Tuvo siempre una visión tubular de la vida y de los acontecimientos. Imaginó su papel histórico como garante de un orden pretoriano. Y se envaneció hasta límites insospechados. Hubiese querido ser un “pequeño César del Caribe”, como lo definió don Germán Emilio Ornes, y creo que lo fue en gran medida. Fue quizá el “último de los césares”, como lo tituló el general Arturo Espaillat, su colaborador y amigo. Confundió el Estado con su figura. Humilló y avergonzó a muchos, sobredimensionó su perfil de gobernante, no fue justo, fue soberbio. El país estaba inficionado de miedo a todos los niveles. Fue entonces que unos valientes decidieron ponerle fin a la dictadura unipersonal, al poder fatuo y a la decadencia de un régimen que carecía de virtudes y de ideas sostenibles, para adecuarse a los cambios que estremecían el mundo viejo, al que pertenecía el tirano.

Los dos hombres, uno de ellos, con un sombrero para ocultar parcialmente el rostro, ordenaron al conductor que detuviera el vehículo, en la calle Mercedes con Espaillat. Antonio de la Maza contactó a un amigo, buscaban desesperadamente una forma o medio de escapar en medio de la “ratonera” en que se había convertido la ciudad, por doquier delatores, confidentes, policías, verdugos, algunos gratuitos e ignorantes como la señora que lo identificó y gritó en medio de la vía su nombre. Los dos hombres, Antonio de la Maza y Juan Tomás Díaz, prosiguieron seguidos por infinidad de agentes represivos, dos, tres cuadras, el Parque Independencia, la calle Bolívar, la Julio Verne; y hubo que detenerse, para librar la pelea final. Parapetados detrás del automóvil, estos dos hombres, combatieron decididamente a los sicofantes y cancerberos de la dictadura. Era un momento de gloria que los liberaba de cualquier error, fallo o servicio complaciente. Eran los jefes del atentado, las cabezas visibles de la acción redentora del 30 de mayo.

Al cabo de unos minutos, los dos hombres fueron abatidos. Frente al escenario de los hechos, una familia honorable, fundada en el trabajo, parapetada desde su residencia, observaba la dolorosa escena. Eran José Luis Corripio (Pepín) y su padre Manuel Corripio. Aguantaban la respiración, observaban atónitos. Los agentes del Servicio de Inteligencia, levantaron el cadáver de Juan Tomás, hicieron lo mismo con Antonio de la Maza, pero para sorpresa de todos, De la Maza estaba vivo, aunque mal herido, y mordió la mano del “calié”, de tal manera que casi la desprendió, el “calié” lanzó un alarido, un grito impresionante, mientras trataba de despegar la mano de la boca del héroe, que exánime, seguía peleando como un valiente. Hubo entonces que volverlo a ametrallar, para que Antonio de la Maza dejara de pelear con sus dientes. Pepín estaba ahí, lo vio todo, nadie se lo relató. Lo vio y me lo contó. Yo, conmovido y agradecido, se lo cuento a ustedes

tomada de Héroes del 30 de mayo.