
Sé que este artículo puede causar controversia. Acabo de leer la noticia de que a la mujer inglesa, Caroline Cartwright (conocida como la mujer más ruidosa mientras hace el amor de todos los tiempos -como si los hombres que le pusieron ese mote hubieran hecho gritar a tantas-), le acaban de infligir la pena de permanecer en cárcel durante ocho meses debido a los escandalosos ruidos que hacía al tener sexo con su marido.
Sus vecinos decían que se trataba de ruidos "sobrenaturales", los provenientes a una actividad más parecida a un asesinato que a un momento de placer. A la pobre y gritona mujer le llegaron incluso a medir los decibeles de su, al parecer, no tan agraciada garganta: 47 marcó el decibelímetro.
Y ahí me tienen buscando a qué corresponderá ese número de decibeles. Discúlpenme pero no soy una experta en sonido. Y aquí lo que encuentro: 50 decibeles son los sonidos que se escuchan en un parque o lugar tranquilo; 60 los que produce una plática normal entre dos personas y 80 es el ruido ocasionado por una aspiradora. Según eso.
Creo que a mí no me molestaría del todo escuchar a una mujer con gritos de aspiradora. Y es más, tampoco imagino cómo es que sus "gritos de asesinato" eran tan insoportables. Necesitaría escuchar esa grabación para saberlo exactamente.
Aquí es cuando me pregunto. ¿A cuántos decibeles ascenderán mis gritos provenientes de mis noches de placer? ¿Alguien me quiere regalar un decibelímetro en mi próximo cumpleaños?
Y lanzo esta pregunta a ustedes, ¿qué es mejor? ¿Gritar o dejar de hacerlo? ¿La gente y los jueces pueden meterse debajo de nuestras sábanas para decir cómo manifestar o no nuestro placer? Entiendo el asunto, nuestra máxima del buen Juárez, de que el respeto al derecho ajeno es la paz. Pero placer es mi derecho también. Creo yo.
Acaba de ocurrirme. Llegamos él y yo a mi recámara luego de una noche de copas, más intensos que nunca. Tres de la mañana. Ruidos aquí, manoteos más allá, la cabecera de la cama golpeando de manera intempestiva contra la pared, mis grititos, por supuesto, y nuestras palabras, ésas que nos encanta decir el uno al otro.
Yo no me había percatado del sonido o la intensidad de éste (tan inmersa estaba en mi placer y en esa marea que ocurría en mi cama) hasta que el vecino comenzó a golpear mi pared, realmente enojado, embravecido por nuestros sonidos placenteros. Pensé, en algún momento, que dos minutos después lo vería tocando la puerta de mi casa para decirnos nuestras verdades o en todo caso mirar nuestro rostro de placer. Nosotros sólo nos reímos y seguimos hasta terminar quizá con un poco menos de ruido pero con la misma intensidad de placer al sentirnos escuchados.
En una sociedad ideal, ¿cuál hubiera sido el mejor remedio? Que mi vecino hiciera el amor con su mujer, creo yo. Creo que suficientemente excitado le dejamos como para que hiciera lo suyo con su esposa. Pero no. De ellos, lo único que he escuchado son sus gritos de peleas. No sé entonces qué sería más válido castigar en esta sociedad: los gritos de placer de una pareja que se ama, o los de odio y terror de las mujeres que sufren violencia física. Además, en el primer caso a quien se castiga es a la mujer, cuando, vaya, esos gritos no se los provocaba ella sola.
Hoy, Caroline no sólo tendrá que cargar con el mote que la sociedad le ha impuesto, sino que irá a cárcel por ello y además deberá guardar silencio por siempre mientras hace el amor. Ella argumenta que simplemente no puede dejar de hacer ruidos mientras hace el amor y que es antinatura dejar de hacerlos. Yo más bien aplaudiría que una pareja (como la de ella y su marido) sigan teniendo semejantes dosis de placer luego de 25 años de casados.
¿Qué si yo quiero hacer ruidos escandalosos a los 50 con mi hombre de toda la vida y sintiendo placer y pasión como adolescente? Por supuesto. Ojalá me penalicen por eso cuando tenga esa edad. Ojalá siga sintiendo y disfrutando del placer entonces como lo hago ahora.
Ojalá que mis vecinos me censure, pero al mismo tiempo sigan teniendo sueños húmedos conmigo. Ojalá, ojalá. Voy trabajando en ello mientras tanto. Entonando la voz y practicando la garganta profunda. Y desde hoy también tramitando mi amparo y comenzando a hacer un grupo no de autoayuda, sino de autovaloración, de las gritonas anónimas. Porque se da en pocos casos y por el arte de gritar mientras tenemos sexo, ooooh, si...
Por: Nina
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