
Por: David Ramírez.
Antes del terremoto, Haití era el país más pobre del hemisferio (el último puesto de América y casi al final de los 182 en el mundo dentro del Índice de Desarrollo Humano), luego del terremoto, las calamidades de este pueblo se profundizarán, ya no se podrá calificar de pobreza extrema la situación de pueblo haitiano, sino de la indigencia absoluta.
Haití, ese rinconcito de la isla donde los esclavos negros derrotaron al opresor blanco francés para crear la primera nación negra del mundo, es en el día de hoy una nación inviable, un Estado fallido para muchos, incapaz de sobrevivir sin la ayuda internacional (Haití antes del terremoto era el país con más ONG per cápita en el mundo), un pueblo que se encuentra ahogado en su miseria.
Es una fallida nación porque antes del terremoto más del 70% de sus habitantes vivía por debajo de la pobreza, donde el 80% de sus ciudadanos no tenían empleos, un 47 % sufría de desnutrición crónica y con una tasa de analfabetismo que ronda el 80%.
Pero para agregarle mas desgracia a la tragedia haitiana a esto se le suma la erosión de su suelo, deforestación e ingobernabilidad.
Haití casi nunca ha tenido un gobierno estable en toda su historia.
Pero tampoco en su desgracia en nada ha tenido que ver la ascendencia africana de casi el 95% de sus ciudadanos, ni con la magia del vudú o cualquier otra creencia religiosa de este pueblo.
Porque la tragedia haitiana no tiene comparación con ninguna otra nación pobre del mundo.
Hoy este pueblo ocupa los titulares de todos los diarios del mundo por su tragedia. Bastó el infortunio de la madre naturaleza para que los líderes de las grandes potencias se acordaran que este desamparado pueblo aún existe, que carece de todo lo que a ellos les sobra.
Pero cuando las aguas vuelvan a su nivel y este país desaparezca de los titulares de los medios, ¿quién se acordará de este pueblo y su miseria?
En Haití las pocas instituciones que funcionaban en apenas segundos desaparecieron, todas quedaron sepultadas bajo una pila de escombros. No existe autoridad y el caos poco a poco se apodera de sus calles.
La ayuda internacional que está recibiendo en estos momentos el pueblo haitiano no será para siempre, el futuro no pinta nada bueno para la República Dominicana. Esta tragedia, por más que algunos se empeñen en negar, producirá un tsunami de haitianos hacia nuestro territorio.
Pero lamentablemente las instituciones religiosas y los cuerpos de ayuda internacional deben comprender que un pobre no puede cargar con la miseria de un indigente.
La propuesta de algunos curas de la iglesia católica dominicana y de ciertas ONG (los mismos que en el pasado llevaron a cabo una campaña de descrédito internacional contra nuestro país por supuesto esclavismo y maltrato con los nacionales haitianos en nuestro territorio), para que, por razones humanitarias, el gobierno les permita instalar campamentos de refugiados en ambos lados de la frontera, es sencillamente inaceptable para todos los dominicano.
El pueblo dominicano siempre ha sido tolerante y solidario con el pueblo haitiano y con todas las naciones de América Latina cuando la necesitan, la solidaridad en el pueblo dominicano ha sido un rasgo esencial en su identidad como nación, pero toda solidaridad tiene sus límites.
La presencia de un campamento con miles (quizás cientos de miles) de refugiados haitianos en nuestro territorio supondría un grave peligro a nuestra soberanía como nación.
La República Dominicana, como nación pobre tiene sus propios problemas que resolver y que son muchos. Somos una nación pequeña con grave crisis económica (agravada por la crisis económica global), con alto índice de desempleo y desigualdades sociales.
Es un hecho innegable, nuestro país desde hace varios años está siendo prácticamente invadido por una ola silenciosa, visible, pero efectiva de haitianos sin que ningún gobierno haga algo al respeto. Nuestro país se ha convertido de buena a primera en un importador nato de la miseria haitiana.
Al admitir en su territorio a casi dos millones de haitianos, se espera que crezca aún más en los próximos años producto de esta tragedia, nuestro país ha servido como válvula de escape para que la tragedia haitiana sea menos traumática (y quizás también para que las potencias coloniales se olviden que existe un país llamado Haití), también menos dolorosa.
La presencia masiva de estos ciudadanos haitianos en el territorio dominicanos está creando en muchos pueblos de la nación dominicana una situación casi insostenible de convivencia pacifica.
No se trata de racismo ni nada por el estilo, es que la mayoría de los dominicanos ya no desean ver más inmigrantes haitianos debajo de nuestros semáforos mendigando o limpiando cristal (porque su presencia le está haciéndole un gran daño al turismo), tampoco desean ver a los haitianos desplazando a los motoconchistas dominicanos de su única fuente de trabajo, ni quitándole el puesto al chiripero de la esquina, ni dejando al pobre obrero de la construcción sin el sustento de su familia.
Los dominicanos tampoco desean ver al haitianos deforestando sus parques nacionales o arrasando los pocos bosques vírgenes que aún quedan en pie y que tanto esfuerzo le ha costado preservar para la generación venidera.
Es cierto que la presencia de una porción de haitianos ha dinamizado nuestra economía, (por su presencia en la agricultura y la construcción con su mano de obra barata), pero es innegable que en nuestro territorio hay más que suficiente, nuestra economía tiene ya a los haitianos que necesita.
Más haitianos en nuestro territorio sería un retroceso en nuestro nivel de vida y un retraso para alcanzar mayores beneficios a la clase trabajadora dominicana.
En vista de esta situación, no parece posible que los dominicanos acepten sumisamente campamentos de refugiados haitianos en nuestro territorio, tampoco una inmigración masiva de estos extranjeros cruzando pacíficamente la frontera.
Es importante en estos momentos proteger la frontera, es un derecho que le asiste a cualquier nación.
Aceptar una masiva invasión haitiana por la frontera (huyendo de la desgracia en que está sumida) sería más que una invasión silenciosa, supondría un riesgo para la estabilidad económica del país.
Una cosa es compartir el dolor con el pueblo haitiano en este momento de tanto luto, (brindándole solidaridad y toda la ayuda económica que esté a nuestro alcance) y otra cosa es aceptar campamentos de haitianos en nuestro territorio.
Nuestro país no debe seguir importando la miseria haitiana, ahora dizque por solidaridad internacional, porque al final, como nación, saldrá grandemente perjudicada.
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